jueves, 10 de julio de 2014

Herman Hesse biografía


Nació el 2 de julio de 1877 en Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia, al norte de la Selva Negra, Alemania. 

Hijo primogénito de un misionero báltico y de una madre nacida en la India e hija de otro misionero. 
Fue expulsado de muchos colegios. Entra en un seminario pero abandona los estudios teológicos y comienza a trabajar como mecánico y más tarde se empleó en una biblioteca, donde surgiría su pasión por la literatura. 
En la adolescencia intentó suicidarse por una pena de amor y su familia lo puso bajo atención médica. 
Se dedicó al periodismo por libre, lo que le inspira su primera novela, Peter Camenzind (1904), mismo año en el que contraería  matrimonio con María Bernoulli. En 1905 nace su hijo Bruno; en1909 su hijo Heiner y en 1911, su hijo Martin. En 1912 se traslada a Berna, Suiza, abandonando Alemania para siempre. En 1916 padece un ataque de nervios y recibe su primer tratamiento psicoterapéutico.
Durante la I Guerra Mundial, Hesse, que era pacifista, se traslada a Montagnola, Suiza; donde se nacionalizó en 1923. Fue por esta razón por la que se le consideró un traidor a la patria por los nazis. Se desposó en 1924 con Ruth Wenger, aunque el matrimonio no fue consumado. En 1931 se casaría con Ninon Dolbin.
Se convirtió en uno de los escritores más representativos de Europa; continuador de la línea del romanticismo alemán e intérprete al mismo tiempo de los problemas de la sociedad moderna. El tema central de su obra es la inquietud del hombre en busca de su destino. 
En su novela Demian (1919), se percibe la influencia del psiquiatra Carl Jung. En Viaje al Este (1932) expone las cualidades místicas de la experiencia humana. Siddharta (1922) también refleja su interés por el misticismo oriental. El lobo estepario (1927) expone la dualidad entre la individualidad rebelde y las convenciones burguesas, al igual que su obra posterior, Narciso y Goldmundo (1930). Su última novela fue El juego de abalorios (1943). 
Indiferente a las corrientes y movimientos literarios, rara vez aparecía en público y jamás firmó ejemplares. Ya mayor, aceptó el Premio Goethe, y el Premio de la Paz, pero no acudió a las respectivas ceremonias. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1946. 

Hermann Hesse falleció mientras dormía el 9 de agosto de 1962 a causa de una hemorragia cerebral, en Montagnola, Suiza. 




EL MARICA cuento de Abelardo Castillo

Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, 
palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, 
decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces 
yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame. 
Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te 
desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada 
uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de 
parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni 
correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue. Cuando uno es chico, 
encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Solo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre 
andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de 
flauta: “Adiós, los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan 
tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas. 
–Te lastimaste por mí, Abelardo. 
Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. 
Demasiado blancas, demasiado delgadas. 
–Soltame –dije. 
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo 
ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son 
cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba 
riéndose. Acaba por reírse de macho que es. 
Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo. 
Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como 
quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba 
las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A 
veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me 
atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste: 
–Sabés, te admiro. 
No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era. 
–Es un marica. 
–Déjense de macanas. Qué va a ser marica. 
–Por algo lo cuidás tanto… 
Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo 
que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta -uno también elige-, acaba 
por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato. Me pasaron un 
dato, dijo, que por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al machón, 
al César. Y yo dije macanudo. 
–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas. 
–¿Con los muchachos?… 
–Sí. Qué tiene. 
–Y bueno, vamos. 
Porque no solo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al 
rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles. 
–Abelardo, vos lo sabías. 
–Callate y entrá. 
–¡Lo sabías! 
–Entrá, 
Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, 
palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, 
decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces 
yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame. 
Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te 
desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada 
uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de 
parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni 
correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue. Cuando uno es chico, 
encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Solo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre 
andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de 
flauta: “Adiós, los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan 
tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas. 
–Te lastimaste por mí, Abelardo. 
Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. 
Demasiado blancas, demasiado delgadas. 
–Soltame –dije. 
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo 
ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son 
cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba 
riéndose. Acaba por reírse de macho que es. 
Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo. 
Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como 
quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba 
las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A 
veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me 
atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste: 
–Sabés, te admiro. 
No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era. 
–Es un marica. 
–Déjense de macanas. Qué va a ser marica. 
–Por algo lo cuidás tanto… 
Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo 
que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta -uno también elige-, acaba 
por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato. Me pasaron un 
dato, dijo, que por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al machón, 
al César. Y yo dije macanudo. 
–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas. 
–¿Con los muchachos?… 
–Sí. Qué tiene. 
–Y bueno, vamos. 
Porque no solo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al 
rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles. 
–Abelardo, vos lo sabías. 
–Callate y entrá. 
–¡Lo sabías! 
–Entrá, te digo.
 El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos 
por cabeza, pibes: siete por cinco treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, 
tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel 
gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra. 
El negro hizo punta. Yo sentía una cosa, una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes 
brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto. Estaban, todos estábamos asustados como locos. A 
Roberto le tembló el fósforo cuando me dio fuego. 
–Debe estar sucia. 
Después, el negro salió de la pieza y venía sonriendo. Triunfador. Abrochándose. 
Nos guiñó un ojo. 
–Pasa vos, Cacho. 
–No, yo no. Yo, después. 
Entró el colorado, después Roberto. Y cuando salían, salían distintos. Salían no sé, salían hombres. Sí, esa era la 
impresión que yo tenía. 
Después entré yo. Y cuando salí, vos no estabas. 
–¿Dónde está César? 
No recuerdo si grité, pero quise gritar. Alguien me había contestado: disparó. Y el ademán -un ademán que pudo ser 
idéntico al del negro- se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de 
pronto yo estaba fuera del rancho. 
–Vos también te asustaste, pibe. 
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas. 
–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue. 
–Agarró pa ayá –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa 
ayá. 
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas. 
–Lo sabías. 
–Volvé. 
–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo. 
–Volvé, ¡animal! 
–Por Dios que no puedo. 
–Volvé o te llevo a patadas en el culo. 
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu 
cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había 
que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando. 
–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros. 
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste. 
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir: 
–Maricón. Maricón de mierda. 
Y después lo grité. 
Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza 
toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, 
confesárselas a alguien. Escuchame. 
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, que no se lo vaya a contar a los otros. 
Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

RESCATANDO CUENTISTAS



La intención es dar la oportunidad a nuestros lectores de leer a extraordinarios cuentistas, porque
aquellos que sienten la necesidad de escribir, mientras más lean mejor. En este caso presentamos a
Abelardo Castillo, que confesamos no haber leído antes. Nos encontramos con la grata sorpresa de
un muy buen cuentista. Espero lo disfruten


BIOGRAFÍA
Abelardo Castillo nació en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1935. La familia se trasladó inmediatamente a San Pedro, donde el escritor vivió hasta los diecisiete años, y en 1952 regresó a Buenos Aires.
Publicó su primer cuento, "Volvedor", que ganó un concurso de la revista Vea y Lea. Junto con Arnoldo Liberman, Humberto Constantini, Oscar Castello y Víctor García Robles fundó la revista de literatura El Grillo de Papel, que fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi.
En 1961 fundó y dirigió conjuntamente con Liliana Heker El Escarabajo de Oro que apareció hasta 1974.
Castillo ha sido uno de los grandes defensores del relato breve, y  recibió una mención en el Premio Casa de las Américas (Cuba), categoría cuentos por Las otras puertas pero también ha cultivado el teatro, en 1963 su obra de teatro Israfel recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París y en 1964 El otro Judas obtuvo el Primer Premio en el Festival de Teatro de Nancy.
En 1969 conoció a la escritora Sylvia Iparraguirre, quien se convertirá en su mujer. A través de El Escarabajo de Oro, conoció al escritor Julio Cortázar. En 1974 cesó esta revista pero dos años después ya estaba involucrado en la revista El Ornitorrinco, junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre, esta publicación logró salir hasta 1985 y ha sido considerada una de las publicaciones más importantes en el campo de la resistencia cultural a la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de este año.
Recibió en 1993 el Premio Nacional Esteban Echeverría por el conjunto de su obra. Y en 1994 el Premio Konex de Platino, otorgado por la Fundación Konex, al mejor cuentista argentino del quinquenio 1989-1993. En 2007  recibió el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por El espejo que tiembla.
Su obra ha sido traducida  al inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco