jueves, 31 de octubre de 2013

Diversidad Literaria

              QUEDA PROHIBIDO

¿Qué es lo verdaderamente importante?

Busco en mi interior la respuesta,

y me es tan difícil de encontrar.

                                    Falsas ideas invaden mi mente,

                   acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,

                          aturdida en un mundo de falsas ilusiones,

                          donde la vanidad, el miedo, la riqueza,

                          la violencia, el odio, la indiferencia,

                            se convierten en adorados héroes.

                     Me preguntas cómo se puede ser feliz,

                   cómo entre tanta mentira se puede vivir,

                   es cada uno quien se tiene que responder,

              aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:

                  Queda prohibido llorar sin aprender,

                 levantarte un día sin saber qué hacer,

                           tener miedo a tus recuerdos.

                  Queda prohibido no sonreír a los problemas,

                          no luchar por lo que quieres,

                         abandonarlo todo por miedo,

                     no convertir en realidad tus sueños.

Queda prohibido no demostrar tu amor,

hacer que alguien pague tus deudas y el mal humor.

Queda prohibido dejar a tus amigos,

no intentar comprender lo que vivieron juntos,

llamarles sólo cuando los necesitas.

Queda prohibido no ser tú ante la gente,

fingir ante las personas que no te importan,

hacerte el gracioso con tal de que te recuerden,

olvidar a toda la gente que te quiere.

Queda prohibido no hacer las cosas por ti mismo,

tener miedo a la vida y a sus compromisos,

no vivir cada día como si fuera un ultimo suspiro.

Queda prohibido echar a alguien de menos sin 

alegrarte, olvidar sus ojos, su risa, 

todo porque sus caminos han dejado de abrazarse, 

olvidar su pasado y pagarlo con su presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas,

pensar que sus vidas valen más que la tuya, 

no saber que cada uno tiene su camino y su dicha.

Queda prohibido no crear tu historia, 

no tener un momento para la gente que te necesita, 

no comprender que lo que la vida te da, también te lo quita.

Queda prohibido no buscar tu felicidad, 

no vivir tu vida con una actitud positiva, 

no pensar en que podemos ser mejores, 

no sentir que sin ti este mundo no sería igual.

   ALFREDO CUERVO BARRERO

Actividades culturales en Mendoza

BIBLIOTECA POPULAR CHACRAS DE CORIA

Miércoles 6 de noviembre

Taller de Gimnasia cerebral

Ejercicios para estimular: La capacidad creadora, la coordinación, la memoria y la concentración.
18.00hs a 19.00hs
viernes 1 de noviembre
Curso básico de fotografía digital "Volver a los pequeños detalles"
Clases teórico prácticas
1- Historia de la cámara fotográfica.
2- Conexión con la cámara y la imágen.
3- Encuadres, ángulos, composición y perspectiva.
4- Narrativa fotográfica y psicoterapia.
5- Proyecto fotogréfico.
18.00hs a 19.00hs
Valor: $120
Proyecto Ecología del corazón: ecologiadelcorazon@gmail.com


martes, 29 de octubre de 2013

El premio de las mujeres

Nunca hizo declaraciones políticas, no pertenece a una literatura central y prácticamente todos sus libros son colecciones de cuentos. En verdad, la canadiense Alice Munro tenía sobradas razones para sorprenderse cuando sonó el teléfono (que no atendió) en su casa para comunicarle que había ganado el Premio Nobel de Literatura. De todas maneras, la autora de 82 años, cuya obra se viene conociendo en forma creciente en la Argentina, se llevó el más célebre galardón para sorpresa y beneplácito de muchos. En Canadá, las repercusiones no dejaron de ser matizadas, ya que divididos entre francófonos y anglófonos, sus compatriotas lo vivieron de maneras diferentes. Un caso especial y muy atractivo para seguir apostando por el Nobel que inexorablemente seguirá generando polémicas, adhesiones y decepciones.

La tradición y el oficio por Roberto Piglia



¿Cómo ves el contexto de la literatura latinoamericana?
Diría que es un contexto incierto. El ser escritor latinoamericano es una posición de cierta incomodidad porque supone tradiciones muy diversas, que se han unificado de una forma un poco externa. Fue unificada, por una parte, al construirse la noción de “cultura latinoamericana”. Ésta se elaboró partiendo de la política de los españoles posterior a la pérdida total de las colonias, cuando empezaron a decir: ellos son hispanoamericanos. O, desde otra perspectiva, que en un sentido es la nuestra, esa tradición se constituyó como un objetivo político de unidad. Sin embargo, estoy convencido, cada vez más, que tenemos que empezar a hablar de áreas. Y estoy insistiendo mucho en esto; es decir, hay que hablar del Caribe, de la zona Andina, del Río de la Plata. Y eso supone, de alguna manera, una versión de la tradición colonial, la tradición prehispánica. Entonces, hay que impulsar, me parece, esa diversidad de tradiciones y avanzar un poco para que ese contexto de “lo latinoamericano” no sea tan rígido.
Así mismo, ¿cómo te insertas en la tradición reciente, incluso desde tus inicios?
Nosotros estábamos, y por supuesto hablo de mi generación, muy conectados con lo que se escribía. Yo estaba, por ejemplo, muy cerca de lo que escribían los mexicanos. En ese momento, recuerdo, se publica una novela de José Emilio Pacheco y mi primer libro; también estaban comenzando Gustavo Sainz y José Agustín. Igualmente estábamos cerca de lo que circulaba en el Río de la Plata, muy cerca de Roa Bastos, de Onetti, que eran como más latinoamericanos que Borges, en el sentido de relacionarse con otra tradición. Y también estaban los escritores venezolanos en el horizonte, sobre todo Adriano González León.
Estamos hablando de la década de los años 60.
Sí. El modo en que un escritor empezaba en los sesenta tenía que ver con la experiencia cubana. Y había la idea de que lo latinoamericano era el centro de muchas cosas. Es cuando gano el premio “Casa de las Américas” y los cubanos me invitan, porque publican el libro, y allí tuve la oportunidad de conocer a Julio Cortázar y a Virgilio Piñera. Lo que quiero señalar es que en aquellos años la noción de lo latinoamericano, se estaba construyendo de un modo distinto a como había sido pensado hasta entonces. Me acuerdo, especialmente, de cuando leímos La ciudad y los perros, que salió en el ‘62; o sea, había todo un interés por lo que se estaba escribiendo, que me parece se ha modificado. Ese sería un poco cómo contestaría la pregunta.
¿Y dentro del contexto, propiamente, de la literatura argentina?
Bueno, ustedes saben, he insistido mucho sobre eso. Cuando nosotros empezamos a discutir la literatura estaban Arlt y Borges como si fueran dos territorios antagónicos. Y empezamos a juntarlos. Era más bien un antagonismo de poéticas, pero también un antagonismo político, uno de izquierda y otro de derecha. Ellos eran como emblemas de cuestiones que los excedían. Entonces, la lectura de Arlt fue realizada con una óptica más cercana a cómo se estaba leyendo a Borges. Es decir, qué cultura había en Arlt, qué relación tenía con la lengua, qué tipo de elaboración cultural existía en él. De igual modo, leímos a Borges como un escritor argentino, que incluía la política en Borges. Y empezamos a hacer ese tipo de cosas.
Es interesante ese contexto; y, a su vez, hablamos de Arlt y ese gran fantasma que fue para la época Witold Gombrowitz. ¿Estás preparando un libro, al parecer, sobre Gombrowitz?
No le voy a dedicar un libro. En realidad es una conferencia que di, que es una entrada, digamos, a la obra de Gombrowitz. En todo caso, siempre me ha interesado mucho su obra y he escrito algunas cosas más sobre ella. No lo conocí personalmente, pero yo era muy amigo de uno de los más cercanos a él, que aparece en su Diario varias veces, Jorge di Paola, un muy buen escritor, autor de Minga, una  excelente novela que les recomiendo. Este amigo fue el que me dio Pornografía en la edición italiana y que leí por primera vez. Debe haber sido en 1963.
¿En ese momento Roberto Arlt no era tan leído?
Venía siendo leído, pero no tenía el lugar que nosotros ayudamos a darle. Cuando empecé a escribir, para mí fue más importante Arlt que Borges. Porque Arlt nos salvó de cierto esteticismo aristocratizante. No la literatura de Borges, sino el mundo que circulaba alrededor de Bioy y él. Y muchos escritores, que se fascinaron con ellos y trataron de acercarse a ese mundo, se perdieron. Aún estamos hablando de los sesenta; ese mundo donde se construía una tradición que no fuera necesariamente la de Borges y no fuera la dominante. Ésa era un poco la lógica. Pensábamos, más bien, que ser un escritor era ser como Arlt.
¿En qué sentido?
Más ligado a otro tipo de experiencia, que no tenía que ver, forzosamente, con el origen de clase, y que se relacionaba con una serie de cuestiones que no considerábamos fueran condición de la literatura de Borges. En todo caso, la literatura de Borges era una especie de milagro que se pudo producir ahí, pero no por esas condiciones y las que circulaban. Y empezamos a ver que él se había ganado la vida haciendo antologías, traducciones, haciendo los trabajos que, de alguna manera, hemos hecho todos los escritores.
Y que ha sido tu oficio de editor, ¿no?
Sí, claro. Yo terminé la carrera en el ‘65, y me fui a Buenos Aires a dar clases de Historia Argentina. Era uno de los jóvenes que estaban ahí, al lado de los maestros. Entonces, los militares dieron el golpe en el ‘66, la universidad fue intervenida y quedó cerrada como acceso para toda mi generación. Eso nos ayudó muchísimo porque empezamos a ganarnos la vida de otra forma. Allí comencé como editor. El dueño de la editorial, cuando le llevé los libros, me dijo: te voy a dar un trabajo para que tengas tiempo libre. Ese editor publicó los primeros libros de Manuel Puig, de Rodolfo Walsh. Sin duda, era un editor notable.
¿A quién te refieres?
Se llamaba Jorge Álvarez. A él le dije: vamos a hacer una colección de clásicos. Y empecé, me acuerdo, con Memorias del subsuelo, que me interesaba mucho y que, además, no circulaba como libro autónomo, porque sólo se podía comprar el tomo de las obras de Dostoievski. Estuvo también en el catálogo el Robinson Crusoe traducido por Cortázar, cosas así. Después le propuse a Jorge Álvarez la colección de serie negra. Por eso, entre el ‘68 y el golpe de Estado del ‘76 viví de hacer esa colección y de otro tipo de libros como editor.
¿Viviste en Argentina durante la última dictadura?
Sí. Es una pregunta rara porque en Buenos Aires no pensábamos que todo el mundo se tenía que ir. Desde luego las clases populares no se pueden exiliar. Tienen que resistir de otro modo. Creíamos que había una primera fila de gente que estaba en alto riesgo. Bueno, todos estábamos en riesgo, pero había gente que estaba muy comprometida con organizaciones guerrilleras, o eran intelectuales más notorios. Estaba, por ejemplo, el mismo Walsh. En mi caso había otras cuestiones en juego que me decidieron a  permanecer en Buenos Aires. Cuestiones políticas y cuestiones personales.

domingo, 27 de octubre de 2013

La alegría de una poeta mendocina

Fanny Arguello, docente jubilada, prolífica autora de varios libros de cuentos       y por sobre todo de poemas, posa con su ultimo libro de poesías "Tu alma y la mía". Con un estilo en el que se pasea la ironía con una mezcla de tango y pueblo escribe con sentimiento lo que la conmueve a diario.

jueves, 24 de octubre de 2013

Reconocimiento tardío a Di Benedetto

                                                                   Una obra única y luminosa

El 10 de octubre de 1986, a los 64 años de edad, moría solo y olvidado uno de nuestros mayores escritores. Estas palabras, que podrían confundirse con las de un texto romántico de finales del siglo XIX, nada tienen de ficción: aquel remoto viernes de octubre de 1986, en la cama 6 del sector 14 del Hospital Italiano, moría Antonio Di Benedetto.

Acaso antes de ingresar a ese último sueño que, dicen, antecede a la muerte, habrá visto sus días en Mendoza, donde había nacido, donde había escrito Zama y donde hasta el 24 de marzo de 1976 era subdirector del diario "Los Andes". Horas después del golpe cívico-militar, Di Benedetto fue detenido por los verdugos de la Junta que a lo largo de ocho años iba a aterrorizar al país. Jamás supo las causas de esa detención; se murió sin saberlo. Escribió: “Creo que nunca estaré seguro de que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas”. Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977, pero a condición de que abandonara la Argentina. Francia fue el primer puerto de su largo exilio; después de vagar por otros países, se instaló en Madrid.

A la tortura de aquella pregunta sin respuesta se agregó la desventura del exilio. De golpe, se encontró viviendo el mismo horror que había imaginado para don Diego de Zama, el protagonista de su inmensa novela. “De Zama —dijo— primero tuve claramente el final. Pensé: y ahora qué le pongo adelante? Me dije: este final es la consecuencia de algo... Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo o el que creía ser yo o el imaginado yo. El yo que estaba descubierto era ese hombre angustiado, en una espera desesperada”. “A las víctimas de la espera”, anuncia la dedicatoria de esta novela en la que don Diego de Zama, ese ser ”solitario, aislado, patéticamente incómodo e inferior”, aguarda el nombramiento que pueda llevarlo a Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires; esa espera se demorará por nueve años. Exactamente el mismo tiempo que desde el exilio Antonio Di Benedetto aguardó el retorno de la democracia. El nombramiento para don Diego de Zama jamás llegó, pero sí la democracia para Antonio Di Benedetto. Era el fin del exilio, el retorno tan esperado. Le habían prometido el oro y el moro. No sabemos el moro, el oro jamás lo consiguió. Para sobrevivir tuvo que ejercer cinco diferentes trabajos: taller de literatura, colaboraciones para “La Razón", asesorías para el gobierno de Mendoza, para el Instituto Nacional de Cinematografía y para la Secretaría de Cultura de la Nación. Aunque cueste creerlo, uno de los mayores escritores vivos en lengua española, con once premios internacionales sobre sus espaldas, obtenía de la Secretaría de Cultura un sueldo inferior al que cobraba un aprendiz de barrendero.

Los partes médicos dicen que lo mató un derrame cerebral. Esos partes nada dicen del olvido y de la incomprensión. El propio Di Benedetto sabía mucho de eso. “¿Hasta qué punto me estimo a mí mismo como para pretender ser estimado por los demás?”, confesó alguna vez, y, con la impiedad y franqueza que lo caracterizaban, agregó: “Yo invito a cada ser, a cada hombre, a que grabe sus palabras y sus pensamientos, desde que su mente se despeja por la mañana hasta que se reposa. Invito a que se vigile, se analice. Verá cuántas maldades, juegos, intereses ha puesto en acción para sobrevivir ese día, es decir, no la eternidad sino una miseria de 24 horas”.

Zama apareció en 1956, un año después de que lo hiciera Pedro Páramo, otra novela esencial para la literatura en lengua española. El mexicano Juan Rulfo fue reconocido de inmediato en Europa y América, con el argentino Antonio Di Benedetto demoraron un poco más. A comienzos de los años 70, en Francia, en Alemania y en España se leían y estudiaban sus textos. No sucedía lo mismo en nuestro país. Hubo unos pocos adelantados —Juan José Saer destacó la singularidad de la lengua con la que está contada Zama, Noé Jitrik señaló que don Diego de Zama bien podría ser el arquetipo de esos americanos que por imaginarse en Europa desdeñan a su propio continente—, pero cada vez que había que hablar de las novelas que honran a nuestra lengua, Zama no estaba en la lista. El olvido parece ser una costumbre nacional.

Casi como dibujando su inmediato destino, Di Benedetto supo escribir: “Para morir quisiera un lugar donde nadie me reconozca” y no es casual que el libro que publicó antes de morir se llame Sombras nada más. Hoy, a un cuarto de siglo de esa muerte, las piezas comienzan a acomodarse: los textos de Di Benedetto se investigan y estudian en diversas cátedras universitarias.

martes, 22 de octubre de 2013

Necesito tu opinión

Cuando inicié este blog, tuve muchas dudas. Las incertidumbres de todo aquel que intenta algo en literatura. 
Confieso que a medida que ejercito la investigación para ir renovando los escritos, mas me apasiona el hacerlo. Pero me encuentro con un silencio frío y seco. Estoy escribiendo para nadie?. Es vanidoso de mi parte pretender que alguien participe con su opinión, con su publicación, en fin, con un algo que me de la señal de que leyeron?. Me han aconsejado que publique en facebook, la especial manera de entenderse actual. Pero no sé, soy antigua, aun creo en la delicia de leer y comunicarme con el que leí. Unas breves líneas, un comentario, una sugerencia, una colaboración....Quiero sentir que estás ahí. Quiero pensar que hay muchos interesados aun por publicar sus escritos, por leer, por investigar. Hazme caso, paremos un minuto y charlemos de otra cosa. La literatura te espera...

Fragmento de una entrevista a Di Bennedetto

¿Y cuándo escribe?
–En las mañanas, en los domingos, me doy a esos cuentos míos de los que, alguna vez como chiste, dije que no tenían final... porque no sabía cómo terminaban.
–Zama es su libro más traducido. ¿Puede decir, Di Benedetto, cómo quedó embarazado de él?
–De Zama primero tuve claramente el final. Pensé: ¿y ahora qué le pongo adelante? Me dije: este final es la consecuencia de algo. Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo, o el que creía ser yo, o el imaginado yo. El yo que estaba descubriendo era el hombre angustiado, en una espera desesperada. A ese hombre lo mandé al pasado para representar la sensación de nada y de vacío... Ya tenía el libro, necesitaba concentrarme, ponerme a pensar. Pedí licencia en el diario. Veintiún días me encerré. Escribía todo el día. Terminé dos capítulos de la novela, pero me faltaba el tercero. Pedí a Los Andes ocho días más y en una oficinita arrinconada terminé el libro. En el último tramo usted verá un cambio de estilo. Los primeros capítulos son de frases amplias; el último de frases breves, escrito muy rápidamente. Así nació, así hice Zama.
–Usted escribió El Silenciero. En la torturada trama de esta novela y en la vida misma, la de afuera de los libros los ruidos parecen crisparlo, herirlo hasta la violencia.
–Sí, sobre todo en una época los ruidos me hacían mucho mal. Yo para escribir los corría. Ponía la Sinfonía Coral, de Beethoven. Inundado de esa música escribía. El manto coral de Beethoven me defendía de las punzadas de los ruidos.

Las dos literaturas
((Di Benedetto es muy sobrio para vestir y muy prescindente de las modas. Pocas veces se lo verá de sport. Muchas, sí, de traje, grises, oscuros. Casi siempre usa corbata. Y la corbata siempre es negra. Las camisas, blancas. Su actitud literaria se parece a su modo de vestir, sobre todo en eso de ser prescindente de las modas. Dice:))
–Hay dos corrientes de libros: los libros para hoy y los libros para siempre. Yo creo que el libro verdadero es creación, es imaginación, es transformación, tiene que ser más trascendente que el momento. Actualmente nos confundimos. Antes, llegar a un libro era toda una aventura de gestación... ahora parece haber una epidemia, es como si nos dijéramos “mientras yo no me vea impreso soy un infeliz”. Somos tinta, no somos carne como pareciera que somos. Somos materia codificada, estandarizada. La pérdida del puesto, la heladera, el auto, el televisor, promueve una literatura muy momentánea. Yo creo que la buena literatura es agónica, sincera, es la que enfrenta a la gente consigo misma con entereza, con lealtad.  Esa  verdadera literatura no es cuantiosa, claro. Uno en un millón hace de pronto la Gioconda... es la muy particular gota que sale de un surtidor.
–Usted es periodista, ¿cómo define a ese oficio?
–Me pregunto ante su pregunta: ¿Qué es un periodista por infeliz que sea? Es un tipo que tiene una manía de servicio para los demás. Somos una especie de pequeños héroes miserables al servicio de los demás. Pero hay que establecer las diferencias para evitar la confusión, esa confusión que ha invadido a la propia literatura. Yo he detestado -y ahora me arrepiento-  el libro para hoy, el libro como forma de periodismo, que tiene la caducidad del periodismo. El escritor tiene fantasía en la cabeza. El periodista tiene conciencia de los hechos, no por él mismo sino porque se le dan. El escritor, en cambio, los hace en su mente. Para redondear: la literatura es verdadera si nos agarra como seres agónicos, si no nos hace creer que somos superhombres, si nos hace ver que somos débiles, si nos impulsa y moviliza la necesidad de la conciencia y del actuar... Éste es el rincón de la vida que se llama literatura y que no debe ser confundido con la literatura periodística, que ya no desecho. Lo que rechazo es la confusión entre una y otra. Por culpa de esa confusión nos hemos sublimado demasiado. Como somos hechos a imagen y semejanza creemos que somos diositos. Y no es para tanto. En realidad debemos enfrentarnos con las más pequeñas traiciones, con la infidelidad, con las deslealtades.
(parte de una entrevista realizada por Rodolfo Braceli al notable escritor mendocino en 1972)

Borges murió en español..

El traductor de Jorge Luis Borges al francés, Jean Pierre Bernés, profesor de la universidad de la Sorbona en literatura latinoamericana y que trabajó con el escritor en su último mes de vida, dijo este miércoles a la AFP que Borges "murió en español".

Bernés participó en el Seminario internacional que la Sociedad Mundial de Amigos de Jorge Luis Borges organizó en Valldemossa, la ciudad mallorquina donde el escritor argentino y su hermana Norah pasaron parte de su adolescencia con su padre.

La disertación de Bernés versó sobre "Borges, milonga y tango".

Al finalizar su exposición, Bernés recordó a la AFP que "el último mes de su vida, hicimos juntos la edición completa de La Pléiade de la cual Borges me dijo: para mi es mucho más importante que el Nobel porque me podré codear con Montaigne y Kafka".

Bernés, que fue agregado cultural de la embajada de Francia en Buenos Aires entre 1975 y 1980, cenaba todas las semanas con el autor de "El Aleph" en casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

El traductor afirmó que en los últimos momentos de vida "Borges estaba extraordinario". "Cuando terminó de trabajar, --y esto no se lo dije a nadie-- me dio las gracias por todo: es usted un gran amigo que me ayudó a morir en literatura", confió Bernés sin ocultar cierta emoción.

En Ginebra, Bernés releyó y comentó toda la obra de Borges y "mi máxima felicidad fue tener al mismo tiempo al autor, al lector, y al comentarista".

Borges siempre le decía a Bernés, "caramba, no dejo ni un libro representativo mío como hicieron Cervantes, Dante y Shakespeare", aunque se congratulaba porque para La Pléiade "escribimos el Libro de libros", paragonándolo con los cánticos de cánticos de la Biblia.

"Pasamos la vida esperando nuestro libro y éste no llega", solía decir, relató Bernés, que reconstruyó su obra completa con libros ya publicados y fragmentos que había rechazado y que Borges aceptó publicar y recuperar para esta última edición.

"Un día me preguntó qué día de la semana era, era un sábado. Que raro, dijo, el sábado me trae suerte. Usted acaba de reescribir esta mañana cien páginas de la obra de Borges", cuando simplemente había aportado textos que había rechazado, pero que en el último momento aceptaba publicar.

Entre ellos había muchos de sus poemas escritos en la primera parte de su vida literaria en España, "que no había publicado jamás pero que si las hubiese publicado se habrían llamado Ritmos Rojos".

Borges colaboraba enormemente con su memoria y le dijo a Bernés dónde podría encontrar esos textos y fue bastante difícil localizar revistas de la época como Ultra, Gran Guiñol y otras también publicadas en Sevilla.

Bernés cree que Borges, en el momemto de morir y hacer un balance de su obra literaria, encaró hacer su tercera antología personal. Había escrito dos y estas obras completas que dictó --desde la planificación-- para La Pléiade fue "un libro de libros", hecho de fragmentos, publicados posteriormente en dos tomos, el primero en 1993 y el segundo en 1999.

La paradoja de Borges es que quiso que la versión definitiva de su obra fuera publicada en francés, pero la explicación de Bernés es que sus primeros textos fueron escritos en ese idioma y "mientras se preguntaba en qué idioma sería escritor". "Creo que lo decide cuando viene a España, a Mallorca, donde se da cuenta que su vocación es el español", comentó.

Un día "le pregunté a quien veía entre Cervantes y él. Temo que no haya mucha gente, dijo, pero finalmente dio los nombres de Quevedo y Gracián", recordó Bernés.

"Cuando trabajabamos en Ginebra en 1986 tenía una inquietud constante y decía siempre que no sabía en qué lengua moriría. Después de recitar el padrenuestro en viejo sajón, inglés, alemán, francés, portugués y otras lenguas, terminó en español. Creo que al repetirlo llegó a la conclusión que había decidido morir en español", concluyó.

miércoles, 9 de octubre de 2013