¿Y cuándo escribe?
–En las mañanas, en los domingos, me doy a esos cuentos míos de los que, alguna vez como chiste, dije que no tenían final... porque no sabía cómo terminaban.
–Zama es su libro más traducido. ¿Puede decir, Di Benedetto, cómo quedó embarazado de él?
–De Zama primero tuve claramente el final. Pensé: ¿y ahora qué le pongo adelante? Me dije: este final es la consecuencia de algo. Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo, o el que creía ser yo, o el imaginado yo. El yo que estaba descubriendo era el hombre angustiado, en una espera desesperada. A ese hombre lo mandé al pasado para representar la sensación de nada y de vacío... Ya tenía el libro, necesitaba concentrarme, ponerme a pensar. Pedí licencia en el diario. Veintiún días me encerré. Escribía todo el día. Terminé dos capítulos de la novela, pero me faltaba el tercero. Pedí a Los Andes ocho días más y en una oficinita arrinconada terminé el libro. En el último tramo usted verá un cambio de estilo. Los primeros capítulos son de frases amplias; el último de frases breves, escrito muy rápidamente. Así nació, así hice Zama.
–Usted escribió El Silenciero. En la torturada trama de esta novela y en la vida misma, la de afuera de los libros los ruidos parecen crisparlo, herirlo hasta la violencia.
–Sí, sobre todo en una época los ruidos me hacían mucho mal. Yo para escribir los corría. Ponía la Sinfonía Coral, de Beethoven. Inundado de esa música escribía. El manto coral de Beethoven me defendía de las punzadas de los ruidos.
Las dos literaturas
((Di Benedetto es muy sobrio para vestir y muy prescindente de las modas. Pocas veces se lo verá de sport. Muchas, sí, de traje, grises, oscuros. Casi siempre usa corbata. Y la corbata siempre es negra. Las camisas, blancas. Su actitud literaria se parece a su modo de vestir, sobre todo en eso de ser prescindente de las modas. Dice:))
–Hay dos corrientes de libros: los libros para hoy y los libros para siempre. Yo creo que el libro verdadero es creación, es imaginación, es transformación, tiene que ser más trascendente que el momento. Actualmente nos confundimos. Antes, llegar a un libro era toda una aventura de gestación... ahora parece haber una epidemia, es como si nos dijéramos “mientras yo no me vea impreso soy un infeliz”. Somos tinta, no somos carne como pareciera que somos. Somos materia codificada, estandarizada. La pérdida del puesto, la heladera, el auto, el televisor, promueve una literatura muy momentánea. Yo creo que la buena literatura es agónica, sincera, es la que enfrenta a la gente consigo misma con entereza, con lealtad. Esa verdadera literatura no es cuantiosa, claro. Uno en un millón hace de pronto la Gioconda... es la muy particular gota que sale de un surtidor.
–Usted es periodista, ¿cómo define a ese oficio?
–Me pregunto ante su pregunta: ¿Qué es un periodista por infeliz que sea? Es un tipo que tiene una manía de servicio para los demás. Somos una especie de pequeños héroes miserables al servicio de los demás. Pero hay que establecer las diferencias para evitar la confusión, esa confusión que ha invadido a la propia literatura. Yo he detestado -y ahora me arrepiento- el libro para hoy, el libro como forma de periodismo, que tiene la caducidad del periodismo. El escritor tiene fantasía en la cabeza. El periodista tiene conciencia de los hechos, no por él mismo sino porque se le dan. El escritor, en cambio, los hace en su mente. Para redondear: la literatura es verdadera si nos agarra como seres agónicos, si no nos hace creer que somos superhombres, si nos hace ver que somos débiles, si nos impulsa y moviliza la necesidad de la conciencia y del actuar... Éste es el rincón de la vida que se llama literatura y que no debe ser confundido con la literatura periodística, que ya no desecho. Lo que rechazo es la confusión entre una y otra. Por culpa de esa confusión nos hemos sublimado demasiado. Como somos hechos a imagen y semejanza creemos que somos diositos. Y no es para tanto. En realidad debemos enfrentarnos con las más pequeñas traiciones, con la infidelidad, con las deslealtades.
(parte de una entrevista realizada por Rodolfo Braceli al notable escritor mendocino en 1972)

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